¿Qué es y cómo se desencadena la epilepsia?
La forma en la que entendemos, en este caso en perros o gatos, la aparición de un episodio paroxístico —de distinta manifestación según cada paciente— es que se desencadena debido a una alteración en el sistema nervioso central.
¿Pero qué pasa realmente en nuestro animal para que esto suceda? Debemos pensar que el sistema nervioso funciona a través de impulsos, neurotransmisores y neuroreceptores. En base a su medio iónico, los gradientes químicos y eléctricos crean las bases de la actividad eléctrica. En condiciones normales, debe existir una relación adecuada entre el potasio intracelular y el sodio extracelular; si este equilibrio se rompe, puede llegar a producirse actividad eléctrica anormal.
Además, en cuanto a los neurotransmisores mencionados anteriormente, que actúan en la conocida sinapsis, debe existir un equilibrio entre ellos: neurotransmisores excitadores (GLUTAMATO) e inhibidores (GABA). De ahí que hablemos de gradientes químicos y eléctricos.
Y aunque la ciencia, tanto en medicina humana como en medicina veterinaria, ha avanzado en este campo, a día de hoy seguimos en continuo enriquecimiento en la comprensión y conocimiento de la enfermedad y sus distintas causas.
¿Cómo saber si mi perro/gato tiene epilepsia?
Obviamente esta respuesta no es algo que tenga que responder ningún propietario, y teniendo en cuenta esto, lo más importante es acudir a un especialista que pueda explorar al animal, investigar el caso y asesorar a los propietarios.
Pero en primer lugar, debemos diferenciar la terminología. La epilepsia, como tal, es una enfermedad con la que el animal nace, en su gran mayoría, aunque esto sigue siendo objeto de investigación, ya que actualmente existen pacientes con epilepsias de origen desconocido. ¿Entonces, qué significa la palabra convulsión? Esta debe referirse a la forma o manifestación de esa epilepsia. La epilepsia es la enfermedad, y la convulsión, por lo tanto, su representación clínica como síntoma.
A día de hoy no es raro que un propietario sospeche que su perro pueda ser epiléptico, ya que se trata del problema neurológico crónico más frecuente en la medicina veterinaria de pequeños animales. La prevalencia estimada en perros se sitúa entre el 0,6 y el 0,75%, y en gatos entre el 2% y el 3,5%. Es decir, de cada 100 animales que pasan por la clínica, al menos uno será epiléptico.
En ocasiones, no resulta sencillo diagnosticar si estamos ante una enfermedad epiléptica o no, ya que también existen alteraciones del movimiento y trastornos paroxísticos (de presentación episódica súbita, de intensidad y duración variable) no epilépticos, que pueden observarse como movimientos musculares involuntarios.
Trastornos paroxísticos no epilépticos
Podemos tener en cuenta los siguientes trastornos paroxísticos no epilépticos:
- Síncopes
- Narcolepsia
- Trastornos del sueño REM
- Discinesias
- Temblores
- Miotonías
- Crisis vestibulares
- Dolor episódico
- Enfermedades neuromusculares
- Alteraciones de conducta
Las alteraciones de conducta más habituales que los propietarios pueden observar en sus mascotas son: persecución de la cola (tail chasing), automutilación, cazar moscas u otros objetos inexistentes.
¿En qué razas podemos encontrarla con más probabilidad?
En cuanto a la clasificación etiológica de la epilepsia, podemos diferenciar entre epilepsia idiopática y epilepsia estructural (secundaria a otra enfermedad).
Las razas más predispuestas son las siguientes:
Epilepsia idiopática genética
Pastor Belga.
Epilepsia idiopática probablemente genética
Beagle, Border Collie, Boyero de Berna, Caniche, Dálmata, Golden Retriever, Grifón, Labrador Retriever, Pastor Alemán, Pastor Australiano, Pastor Belga, Pomerania, Chihuahua, Springer Spaniel, entre otras.
¿Entonces, qué puedo hacer en estos casos?
Realmente, lo único que pueden hacer los propietarios es evitar que el animal se haga daño. Además, es de vital importancia grabar los episodios para facilitar un buen diagnóstico por parte del profesional.
Es habitual que pacientes con cuadros epilépticos leves no sean percibidos por sus propietarios, o incluso que se normalicen o no se les dé la suficiente importancia. Sin embargo, debemos tener en cuenta que la enfermedad epiléptica suele seguir un curso de progresión negativa, en el que los episodios son cada vez más frecuentes y de mayor intensidad, y en muchas ocasiones con daños severos irreversibles, por ello, acudir a un profesional lo antes posible mejorará el pronóstico en la mayoría de los casos.
La investigación de cada caso debe estar apoyada en un buen diálogo con los tutores, exploración minuciosa del paciente y pruebas complementarias que puedan descartar una posible epilepsia estructural en primer lugar, ya que muchas veces nos encontramos alteraciones bioquímicas, metabólicas, hormonales (hipotiroidismo frecuentemente) incluso tóxicas, que pueden ser el origen principal de la enfermedad.
Las opciones de tratamiento a día de hoy son variadas, y las terapias pueden combinarse y controlarse en sangre periódicamente según lo que recomiende el profesional. Fármacos como el fenobarbital o el bromuro potásico requieren monitorización, ya que pueden resultar tóxicos a dosis elevadas o ineficaces si no alcanzan su concentración terapéutica adecuada.
Para mí, hay un aspecto clave que todo propietario debe entender: ningún paciente debería seguir convulsionando si no se han agotado todas las posibilidades de tratamiento, ya sea en monoterapia o en combinación. Es decir, nunca debemos normalizar un episodio, aunque sea leve, sin haber explorado todas las opciones terapéuticas disponibles.
¿Tu mascota ha tenido episodios de convulsiones?
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